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La Biotecnología Puede Alimentar al Mundo

15/10/09 - FUENTE: Por Norman E. Borlaug. Diario El Tribuno. 1 de Octubre de 2009.

Con las herramientas correctas, los productores han mostrado una asombrosa habilidad de proporcionar alimentos para sí mismos y para otras personas y poner en marcha el motor económico que revertirá el ciclo de la pobreza crónica. Además, escapar de la porbreza ofrece la oportunidad de lograr una mayor estabilidad política también en esos países.

Afortunadamente, la experiencia cambió el panorama político y las dudas infundadas sobre las herramientas agrícolas obtenidas a través de la ciencia moderna como, por ejemplo, el maíz biotecnológico en algunas regiones de Europa. Aún aquí, algunos elementos de la cultura popular romantizan los antiguos métodos ineficientes de producción y evitan los fertilizantes y pesticidas, argumentando que EEUU debería empezar a producir alimentos orgánicos únicamente. Las personas deberían poder comprar alimentos orgánicos si así lo desean y diponer de medios financieros para ello, pero no a costa del hambre del mundo (25.000 personas mueren por día como consecuencia de la desnutrición).

Téngase en cuenta la prosperidad en crecimiento y las casi 3.000 millones de bocas nuevas que alimentar para 2050 y, rapidamente se verá que los cálculos má crudos sugieren que dentro de las próximas cuatro décadas, los productores de todo el mundo tendrán que duplicar su producción. Probablemente deberán alcanzar esta proeza en superficies cada vez menores y ante las demandas ambientales que se susciten como consecuencia del cambio climático.

Nuestro trabajo colectivo debería centrarse en impulsar inversones continuadas por parte de los sectores público y privado en tecnologías eficientes de producción agrícola. Dicha inversión cotinuará motivando nuevos y novedosos descubrimientos, como variedades de semillas tolerantes a la sequía, resistentes a los insectos o de mayor rendimiento que avanzan aún mas rápidamente. Para lograrlo, los gobiernos deben tomar decisiones acerca del acceso a nuevas tecnologías, como el desarrollo de organismos genéticamente modificados, basados en la ciencia. Los mercados abiertos estimularán la inversión continuada, la innovación y los nuevos desarrollos por parte de las instituciones públicas de investigación, las compañías privadas y las sociedades públicas/privadas nuevas.

Ya podemos ver el constante valor de estas inversiones simplemente observando las ganancias de productividad de doble dígito que derivan del maíz y la soja en gran parte del mundo desarrollado. En EEUU la productividad del maíz ha crecido más del 40% y la soja en casi el 30% desde 1987 hasta 2007, mientras que el trigo ha quedado atrás, aumentando solamente en un 19% durante el mismo período. La falta de inversiones significativas en arroz y trigo, dos de los cultivos básicos más importantes en la producción de alimentos para una población mundial en permanente crecimiento, es desafortunada y de poca visión. Ha mantenido la productividad de estos dos cultivos básicos en casi los mismo niveles observados a fin de los años de la década de 1960 y al final de la “Revolución Verde”, que ayudó a Mexico y a la India a dejar de ser importadores de granos para convertirse en exportadores.

De la historia un cosa es cierta: la civilización tal como la conocemos no podría haber evolucionado, ni podría sobrevivir, sin un adecuado suministro de alimentos. De modo similar, la civilización que nuestros hijos, nietos y las futuras generaciones conocerán no evolucionarán sin acelerar el paso de la inversión y la innovación en la producción agrícola.

El perfil

Norman Borlaug, considerado el padre de la “Revolución Verde” y de la agricultura moderna, fue Premio Nobel de la Paz en 1970. Murió el 12 de septiembre, a los 95 años. Convencido de que “no habrá paz en el mundo con los estómagos vacíos”; Borlaug innovó en el campo de las semillas híbridas y defendió la investigación como único medio para reforzar la producción de alimentos. Muchos expertos consideran hoy, que la “Revolución Verde” iniciada por Borlaug, que permitió modernizar las técnicas agrícolas, evitó una hambruna mundial durante la segunda mitad del siglo XX y pudo haber salvado hasta 1,000 millones de vidas.

 


 

 
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